El Ciberacoso no comienza en las redes sociales: empieza en la normalización de bromas en la escuela.

Alvaro Carrasco

March 13, 2026

El Ciberacoso no comienza en las redes sociales: empieza en la normalización de bromas en la escuela.

Por muchos años -sobre todo si pensamos en los últimos cinco- en convivencia escolar se ha intentado enfrentar el ciberacoso poniendo el foco en la tecnología: redes sociales, juegos en línea, grupos de WhatsApp, pantallazos, memes, páginas de confesiones y la temida viralización. Sin embargo, esta mirada, aunque muy necesaria, resulta insuficiente si no nos atrevemos a mirar algo más incómodo: el ciberacoso no comienza en el mundo digital, comienza mucho antes, en la vida cotidiana del colegio, en la sala de clases, en el patio, cuando ciertas microviolencias disfrazadas de bromas, comentarios y prácticas que parecen inofensivas, van mermando, de manera silenciosa y persistente, la dignidad y el bienestar de algunos(as) estudiantes.

Hablamos de microviolencias cuando el daño no grita y se repite. Bromas, apodos, ironías y exclusiones que parecen inofensivas y parte de la dinámica cotidiana, pero que siempre recaen sobre los mismos estudiantes y se sostienen en el tiempo, muchas veces con la complicidad del silencio adulto. Frases como “es solo una talla”, “así se llevan” o “no fue con mala intención” no son neutrales: son el lenguaje con el que la escuela aprende a justificar el daño y a normalizar relaciones desiguales. El problema no es el humor, es la falta de mirada, de límites y de intervención oportuna. ¿Cuántas situaciones dejamos pasar porque creemos que “no son para tanto”? ¿Cuántas veces la frase “es solo una broma” funciona como permiso para no intervenir?

Los datos ayudan a dimensionar esta realidad. En BRAVE UP! A través de un Test Sociometrico “Sociograma” los(as) estudiantes identifican las formas de maltrato que reconocen en su experiencia escolar. De más de 85.000 respuestas recogidas entre 2024 y 2025, las principales 2 formas dicen relacion con posibles escenarios de microviolencias: Aislamiento y rechazo (19%) y Discriminación (16%). Estos datos no son anecdóticos ni casuales. Nos muestran algo profundamente relevante: la mayoría de las experiencias de maltrato que los propios estudiantes reconocen, no se originan en agresiones explícitas o hechos aislados, sino en dinámicas relacionales cotidianas, silenciosas y persistentes que se van instalando y normalizando en la convivencia diaria y muchas veces pasan desapercibidas para los adultos.

Y es precisamente ahí donde se va a producir el punto de quiebre: cuando estas microviolencias no se nombran, no se interrumpen o simplemente se relativizan, se convierten en un terreno fértil para que el daño escale. El ciberacoso rara vez irrumpe de forma espontánea; suele ser la continuación de un vínculo ya dañado, trasladado ahora a un espacio digital que amplifica, expone y vuelve permanente aquello que antes ocurría en la sala de clases, el patio u otro espacio en el colegio.

Cuando el colegio no problematiza estos actos, se instala una cultura relacional que legitima el daño, debilita los vínculos y va deteriorando lenta pero significativamente el clima de convivencia, comprometiendo no solo el bienestar de los(as) estudiantes, sino también el sentido formativo y ético del proyecto educativo. El mensaje implícito es claro, aunque no se diga: hay formas de daño que son aceptables, o al menos, no lo suficientemente graves como para ser denunciadas y erradicadas. En este escenario, el paso hacia el ciberacoso es muy corto: lo que antes ocurría en la sala, en el patio o en los pasillos del colegio, hoy se trasladó a redes sociales y a juegos en línea, donde el impacto es muchísimo más grande: el daño se vuelve permanente, masivo y difícil de reparar.

Y en este escenario es importante ampliar la mirada: el problema no es solo quién agrede, sino tambien el silencio colectivo que valida. La persona que lo ve y no interviene, el adulto que minimiza, la comunidad que normaliza. El daño no siempre se expresa de forma explícita; muchas veces se disfraza de humor, de ironía o de “broma”, lo que lo hace aún más difícil de detectar, y, por lo mismo, más peligroso.
Para los equipos de convivencia, esto plantea un desafío clave: la prevención del ciberacoso no comienza con charlas sobre redes sociales, sino con una revisión profunda de las prácticas relacionales cotidianas que se dan tanto en la sala de clases como en cualquier otro espacio del colegio. Intervenir tempranamente, visibilizar las microviolencias y construir criterios compartidos sobre el buen trato es una de las estrategias más efectivas para prevenir formas más graves de violencia digital.

Educar en convivencia implica también incomodar ciertas dinámicas naturalizadas. No para culpabilizar, sino para proteger. No para censurar el humor, sino para preguntarnos con honestidad: ¿a costa de quién nos estamos riendo? Cuando la escuela se atreve a hacerse esta pregunta, empieza a formar estudiantes más conscientes del impacto de sus palabras y acciones.

La convivencia digital no se educa solo con normas o charlas sobre redes sociales. Se educa cuando la comunidad escolar deja de relativizar el daño, cuando se posiciona frente a discursos de odio y cuando enseña, con coherencia, que el respeto no es negociable. Porque mientras sigamos normalizando las microviolencias, el ciberacoso seguirá encontrando un lugar donde crecer. Y la prevención real comienza cuando decidimos mirar aquello que durante mucho tiempo preferimos llamar “solo una broma”.

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